Distraídos creando nuestra realidad
Vivimos en una época donde la idea de “crear tu realidad” se ha convertido en un mantra moderno. Se nos invita a visualizar, manifestar, decretar, proyectar. Y aunque esta visión tiene un poder enorme —pues nuestra mente y nuestras emociones realmente influyen en la vida que construimos— también puede transformarse en una trampa sutil: la de olvidar que no existimos aislados, sino dentro de una realidad común.
Cuando solo miramos hacia dentro de nuestro propio universo, creyendo que somos la causa única de todo lo que ocurre, podemos desconectarnos de algo fundamental: la vida compartida. El mundo no se detiene para que cada uno invente su escenario personal; hay circunstancias colectivas, sistemas familiares, movimientos sociales y fuerzas naturales que nos atraviesan aunque no los hayamos “imaginado”.
La ilusión de la realidad personal
Enfocarnos únicamente en nuestra realidad individual puede generar una falsa sensación de control. Nos decimos: “Si pienso positivo, todo saldrá bien” o “Si me esfuerzo lo suficiente, nada externo podrá afectarme”. Sin embargo, la vida nos recuerda una y otra vez que no somos islas: una pérdida, una enfermedad, un cambio social o una herida heredada del sistema familiar pueden aparecer sin previo aviso.
No se trata de renunciar a la capacidad de crear, sino de reconocer que nuestra libertad no está en negar lo que ocurre fuera, sino en cómo lo integramos dentro.
El lugar de la realidad compartida
La realidad común nos enseña humildad. Nos recuerda que hay un tiempo colectivo, una historia que ya estaba en movimiento antes de que naciéramos, un tejido donde cada acción afecta al conjunto.
Cuando nos desconectamos de esto, podemos caer en el individualismo extremo: creer que todo depende solo de mí. Eso nos lleva a frustración, soledad y, muchas veces, culpa por no “manifestar” lo que esperábamos.
Pero cuando reconocemos la realidad común, sucede algo diferente: empezamos a habitar la vida como un diálogo, no como una imposición. Ya no es solo “yo y mis deseos”, sino también “nosotros y lo que la vida trae”.
Crear e integrar
La verdadera transformación surge cuando unimos nuestra capacidad de crear con la sabiduría de aceptar. Creamos, sí, pero dentro de un cauce que ya existe. Igual que un río fluye hacia el mar, nuestra vida fluye dentro de un sistema más grande. Podemos remar con fuerza, pero si aprendemos a dejarnos guiar por la corriente, avanzamos con menos desgaste y más sentido.
Vivir de esta manera nos reconcilia con el propósito: no se trata de inventar una vida a medida, sino de descubrir la vida que hemos venido a vivir.
Reflexión final
Tal vez el reto de nuestro tiempo no sea elegir entre mi realidad y la realidad común, sino recordar que ambas conviven. Tenemos poder para transformar, pero también la responsabilidad de escuchar lo que la vida nos está mostrando a través de lo colectivo.
En ese equilibrio aparece la verdadera plenitud: ser protagonistas de nuestra historia sin olvidar que todos formamos parte de una misma obra.
¿Hace cuánto que no te detienes a escuchar no solo lo que tú quieres, sino también lo que la vida quiere de ti?
Raquel Ayres
Ybachi Terapias